Por Florencia Mascioli*
Esta semana, a vos, a mi, a todos… nos cambió la cabeza. Fuimos testigos de un hecho histórico en la Argentina: por primera vez, una actriz decidió denunciar públicamente a un actor por acoso sexual, respaldada por un colectivo de colegas que decidieron contar a través de los medios de comunicación y mediante una conferencia de prensa, la cruda, triste y aberrante verdad.
Y desde esa tardecita de martes, la voz de Thelma Fardin nos quedó resonando adentro nuestro, como un puñal que todas tenemos clavado desde que escuchamos vomitar su verdad. Con solo 25 años, ella se metió en cada una de nosotras, en cada rincón de nuestro subconsciente, y nos hizo replantearnos internamente si alguna vez hemos sido -o no- víctimas de acoso o abuso.
Y claro, después de Thelma sonó la otra campana: la otra versión, la "contraversión". Sucumbió, después de Thelma, "la voz del macho", la que niega todo. O peor: inventa "su verdad". Reconoce la escena pero no, claro, "yo no hice nada", "yo no estuve ahí", "eso no pasó". "Vos negá todo", escuché decir alguna vez a algún abogado. Y eso hace, hizo y hará al "macho", no reconocer. O peor: descalificar.
Después de Thelma -y casi como una olla repleta de agua caliente que estaba a segundos de alcanzar el punto de hervor y estallar- llegaron más denuncias, más mujeres valientes que necesitaron contar su verdad. Y elijo la palabra "necesitar" porque a veces, cuando una toma la iniciativa, hay otras que se animan. Y se animaron. Y dejaron atrás los tapujos, los miedos y la incertidumbre para ponerle fin a un dolor que estaba comiéndose cada pedazo del alma.
El alma a veces duele y mucho. Y el mejor remedio para curarla es hablar. En La Plata, la ciudad en la que vivo hace más de 12 años, debe haber muchísimos casos que no conozco. Y debe haber mujeres valientes que se animarán a contarlo cuando sientan la fuerza.
Hubo una que ya se animó: Annabella Beltrachini. Ella denunció que Fernando Ponce, el viceintendente de La Plata y el presidente del Concejo Deliberante, quiso obligarla a practicarle sexo oral dentro de su oficina, en el Palacio Municipal.
Annabella tiene 20 años y me recordó a mi misma cuando llegué a La Plata, desde el interior, a los 18 –pocos años más, pocos años menos- a una ciudad que no conocía para estudiar Periodismo. Recordé mi inocencia, mis ganas de estudiar, de experimentar, de crecer. Y me sentí tocada por su relato. Inmediatamente pensé algo que recién logré entender ahora, a los 30: "tener poder otorga poder". Es una idea que no comparto, pero que ocurre.
Cuando uno está en una situación de poder –por elección o por consecuencia- lo que haya más debajo de esa línea (línea, encima, tan "corruptible") va a estar supeditado a quien lo posea. No siempre ocurre pero en general, el poder corrompe. A veces, quien tiene un cargo político se cree superior a quien no lo tiene. Y eso no está bien.
Lo que le pasó a Annabella en La Plata con Fernando Ponce es repugnante. Su relato me situó en una escena desagradable y tan común, en la que el "macho" ve a la mujer como un ser que no piensa, no siente, no sufre y no elige. Y de eso se trata. De elegir. De poder decir "sí" o "no".
Pero qué se puede esperar de una persona que –elegida tras el voto popular- utiliza su poder en pos de mejorarle o empeorarle la vida a cualquier vecino. En una oportunidad, hace algunas semanas, me encontré en una situación desesperante como madre que soy -tras la conocida situación por la que está atravesando el medio de comunicación en el que trabajo, producto de una enorme deuda publicitaria que mantiene el Ejecutivo local con la radio- y decidí contarle cuánto mi familia necesita el dinero que la Municipalidad le adeuda, y con ésto, rogarle su ayuda (porque para algo tiene un cargo político, para ayudar al vecino). Mi postura fue esa, pedirle por favor que nos de una mano.
Y lo único que recibí de él, fue el silencio, la indiferencia. Ahí también sentí esa sensación repugnante e impotente en la que un hombre con "poder" hizo caso omiso a mi pedido desesperado por encontrar una solución pacífica a mi planteo. Muy distinta fue la reacción de concejales como Victoria Tolosa Paz, Lorena Riesgo, Luciano Sanguinetti, Fabián Lugli, Florencia Rollié e incluso Darío Ganduglia que, como representantes del pueblo que son, se dignaron, al menos, a responderme.
Cuando un "macho" está en el poder, abusa de eso. Sobrepasa sus funciones y elabora un juego perverso que lo coloca en una situación de dominación. Porque tiene el poder y porque puede usar de él una y mil veces para hacer y deshacer cuando y como quiera.
Cuántas Annabellas habrá cerca y lejos de mí. Cuántos Darthés existirán para elaborar "contra-respuestas" que los limpien y los filtren de cualquier acusación. Yo no acuso. Simplemente siento que gracias a Thelma, gracias a esas voces que los "machos" se disponen a tapar, nacen las voces de la verdad. Y los "machos" -gracias a Dios y a las Thelmas que se animan- van perdiendo ese poder al que están acostumbrados, en el que se regocijan cuando el otro sufre o necesita algo.
"La mejor política es la que no se necesita", me dije a mi misma alguna vez. En realidad, política está para hacerse, para mejorarse y para ayudar. No debe ser usada como un arma para destruir, para callar o bien, para empeorar. Aquel que está en un cargo de poder, tiene la obligación de escuchar y dar respuesta al vecino, que en definitiva, es igual a él pero no se sienta todos los días en la silla del pueblo.
Jugar con el sufrimiento del otro es abusar del poder. Jugar con sus tiempos, su familia, sus miedos, sus dolores, su desesperación, implica abusar del poder. Ese poder que te corrompe la cabeza, te daña los valores y te resignifica como persona. A vos, hombre: tener el poder no te hace más "macho".
*Licenciada en Comunicación Social con Orientación en Periodismo y Locutora Integral de Radio y TV (matrícula nacional 11933)



