“Quería ser un Androide y ver un Ovni”: el colombiano que llegó a La Plata, estudió Filosofía y la rompe en varios países

Sociedad 12/11/2021 . Hora: 10:50
“Quería ser un Androide y ver un Ovni”: el colombiano que llegó a La Plata, estudió Filosofía y la rompe en varios países
Francisco Angulo
Por Francisco Angulo
Periodista.

Gazel Zayad nació hace 36 años en Colombia y es un verdadero “trotamundos”. Ahora está radicado en La Plata y su trabajo fue reconocido en varios países. ¿Artista, narrador de historias, cantante, comunicador? Un poco de todo.

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“Siendo todavía muy pequeño, mis papás se mudaron al Caribe y ahí crecí, en una ciudad que se llama Barranquilla, donde el calor se la pasa bailando. Y como nunca fui muy buen bailarín, comencé a cantar mis propias canciones y escribir mis propias historias”, dice en diálogo con LAPLATA1.com.

“Confieso que desde pequeño quise que me pasaran cosas extraordinarias, como encontrarme un ovni, convertirme en superhéroe o descubrir que en realidad era un androide. Por eso jugaba horas y horas con mis muñecos, o con las herramientas en la fábrica de mi viejo, creando historias en mi mente, como si fuesen películas, tan poderosas que podía continuarlas durante semanas, meses y algunas hasta ahora”, agrega.

MUNCIPALIDAD DE LA PLATA

Gazel participó de diferentes festivales, recogió siempre una crítica muy positiva en toda Sudamérica y hoy despliega su arte en La Plata. Aquí brinda talleres también.

“Para cuando me di cuenta, ya estaba contando historias en teatros, plazas, universidades, hospitales, en ciudades enormes y pueblitos del camino. En países cercanos y otros un poco más lejos. Pasé por distintas carreras, tuve trabajos tan disímiles como amigos. Viví en muchas casas y sigo viajando, pero mi casa actualmente está en La Plata, donde además de disfrutar de mi familia, escribo, compongo, dicto talleres y maquino nuevos proyectos para compartir las cosas que amo hacer”, describe.

Estudió Filosofía, Artes Visuales y Comunicación. Y participó en más de 30 festivales.

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“De chico me decían que era callado, silencioso. Pero en otros ámbitos era un parlanchín. Hay momentos para escuchar y tiempos para hablar. En el escenario me desinhibo. Ahí soy la mejor versión de mí mismo. Hablo del escenario simbólico, que se habilita cuando uno está en el rol de artista, de comunicador y narrador de otras historias posibles”, profundiza.

Y agrega: “Contar historias es algo que se puede entrenar. Es como un musculo que se va perfeccionando. Requiere de mucha atención y de tener una escucha de lo que está sucediendo. Por eso mantengo una comunicación permanente con el público. Hay un ping pong permanente, y eso sirve para retroalimentarnos. Yo soy disperso en la vida común, pero en el escenario estoy 100% presente”.

Sobre sus primeros momentos profesionales, recuerda: “Las primeras veces que estuve arriba del escenario me estaba descubriendo a mí mismo. Hay mucho coqueteo, y esto de hacerse el loco. Al principio, se despliegan un montón de posibilidades para encontrarse a uno mismo. Pero con el tiempo me volví más honesto y transparente arriba del escenario. Hoy puedo mostrar esa verdad al público”.

Y completa: “Los talleres quiero que sean un espacio de exploración, el ensayo, la investigación de la propia oralidad de la persona. No es solo trabajar la oratoria o el buen decir. Es también cómo suena esa palabra, el  movimiento, el ademán, el gesto, la postura. Narrar historia no es solamente cuidar un texto y que suene bien. Hay que transmitir las imágenes de lo que se dice y proyectarla en la mente de los otros. Y el silencio también es muy importante”.

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