La familia de Bruce Willis anunció hace unos meses que cuando el actor muera donará su cerebro a la ciencia. Willis padece demencia frontotemporal, una enfermedad que primero borra quién sos y después lo que recordás. La persona desaparece poco a poco y para los que quedan cerca queda una corteza vacía, un eco de quien fue.
La historia tiene un antecedente en Praga. En 1892 el psiquiatra Arnold Pick atendía a un hombre de 71 años que hablaba y se comportaba de forma extraña. Cuando murió, le abrieron el cráneo y encontraron un lóbulo temporal atrofiado. Pick publicó el caso, pero casi nadie le prestó atención.
Hicieron falta más pacientes, treinta años y el trabajo de un par de patólogos alemanes para que aquello tuviera nombre: enfermedad de Pick. Hoy la conocemos como demencia frontotemporal. Sigue siendo una enfermedad huérfana, sin cura.
Quien cuenta la historia rotó en Praga y caminó las mismas calles por las que Pick iba al hospital. Y recuerda cómo funciona: alguien cede su cuerpo y eso permite que el siguiente no sufra a ciegas.
El cerebro de Bruce Willis va a acabar en un banco. Lo van a cortar, teñir y comparar con otros. De ahí saldrán las pistas que ojalá paren esta enfermedad.
Cada cerebro donado es una carta de amor escrita para los que vendrán después. Para los que encuentran en la ciencia el porqué de su vida.
Será el último papel de Bruce Willis. Y probablemente sea el mejor.