Cómo el periodismo terminó haciendo caer al hombre que más atacó a los medios: un mensaje para toda la política

Manuel Adorni pasó años enfrentándose con periodistas y medios de comunicación. Su salida del Gobierno deja una enseñanza que trasciende al oficialismo: en democracia, investigar y controlar al poder sigue siendo una de las funciones esenciales de la prensa

Durante casi tres años, Manuel Adorni fue la cara visible de la confrontación del Gobierno de Javier Milei contra el periodismo. Desde el atril de la Casa Rosada ridiculizó periodistas, cuestionó medios de comunicación, celebró el fin de la pauta oficial y sostuvo que buena parte de la prensa formaba parte de un sistema que debía ser combatido.

Mientras tanto, muchos de esos medios siguieron haciendo exactamente lo mismo que habían hecho antes: investigar. Sin recursos provenientes del Estado, financiando su trabajo con esfuerzo propio, continuaron publicando información sobre el patrimonio, los viajes, las propiedades y distintos movimientos económicos del entonces jefe de Gabinete. Esas revelaciones terminaron alimentando denuncias y una investigación judicial que puso en jaque su continuidad. Las causas continúan en trámite y deberán ser resueltas por la Justicia. Pero el costo político llegó mucho antes del fallo. 

Adorni eligió explicar su salida denunciando una campaña mediática en su contra. En la carta con la que presentó su renuncia habló de ataques, operaciones y hostigamiento. Sin embargo, lo que terminó debilitando su posición no fue solamente el ruido político, sino la acumulación de información publicada durante meses y el posterior avance de las investigaciones judiciales sobre su patrimonio. 

El oficialismo defendió durante mucho tiempo a uno de sus funcionarios más importantes. Javier Milei sostuvo públicamente su confianza en Adorni incluso cuando las denuncias crecían. Pero finalmente llegó la renuncia, en lo que puede interpretarse como la primera gran derrota política y comunicacional del Gobierno frente a una agenda que no logró desactivar.

La historia deja una paradoja difícil de ignorar. El funcionario que más cuestionó a los medios terminó dejando el cargo luego de meses de investigaciones periodísticas. Quienes eran señalados como enemigos fueron los que sacaron a la luz información de interés público que luego pasó a ser analizada por la Justicia.

Pero el mensaje va mucho más allá de Manuel Adorni. También alcanza a toda la dirigencia política, oficialista y opositora. Creer que debilitando económicamente a los medios, desacreditando periodistas o utilizando el aparato del Estado para confrontar con la prensa desaparecerá el control sobre el poder es, probablemente, un error. La historia argentina demuestra que el periodismo puede atravesar crisis económicas, presiones políticas e incluso campañas de desprestigio, pero cuando hace su trabajo sigue siendo una de las principales herramientas de control democrático.

Los gobiernos pasan. Los funcionarios cambian. Las mayorías políticas también. Lo que permanece es la necesidad de que alguien investigue, haga preguntas incómodas y publique aquello que el poder preferiría mantener en silencio. Esa función no reemplaza a la Justicia, que es la única que puede determinar responsabilidades penales, pero sí constituye uno de los pilares sobre los que se sostiene cualquier democracia.

Quizás esa sea la principal enseñanza que deja la caída política de Adorni. No se trata solamente del final de un funcionario. Es un recordatorio para toda la política de que ningún gobierno, por más fuerte que parezca, debería subestimar el papel del periodismo libre. Porque cuando la prensa cumple su función con responsabilidad, termina siendo un límite que ningún poder puede ignorar.