Tranquilo. Sin apuro. Sin necesidad de instalar su nombre todos los días en los medios. Julio Alak recuperó la agenda política de La Plata y comenzó a construir algo mucho más grande que una gestión municipal. Mientras otros dirigentes todavía discuten el día a día, el intendente platense ya parece jugar otro partido: el de la sucesión de Axel Kicillof en la provincia de Buenos Aires.
No fue un camino inmediato. El 2024 estuvo marcado por una Municipalidad dedicada a ordenar una administración golpeada y por una gestión que muchos definían como “la gestión que no se ve”. Había decisiones importantes, reorganización del Estado y planificación, pero todavía costaba que la política hablara de Julio Alak. El protagonismo lo tenía la gestión.
En 2025 esa realidad comenzó a cambiar. La recuperación de las plazas San Martín, Italia y Rocha terminó de darle visibilidad a una administración que empezó a mostrar resultados concretos. Al mismo tiempo, el intendente logró consolidar a Sergio Resa como uno de los hombres más importantes de su equipo, pieza clave desde el inicio de la gestión y responsable de tender puentes entre la política interna y los distintos espacios con los que el Municipio mantiene diálogo permanente.
Pero este año marcó un punto de inflexión. Después de un cierre de 2025 con perfil bajo y un verano de agenda reducida, Alak reapareció con otra intensidad política. Tras la apertura de sesiones del Concejo Deliberante comenzó a construir una agenda que dejó de ser exclusivamente municipal para proyectarse hacia toda la provincia.
Hoy pocos dudan de que su objetivo es la Gobernación bonaerense. Y quizás lo más llamativo es que esa posibilidad no la instala él. La van construyendo los hechos.
La discusión por la presidencia del PJ bonaerense fue una de las primeras señales. Durante aquellos días, Alak aparecía como el dirigente con mejores condiciones para conducir el partido gracias a una característica que pocos conservan dentro del peronismo: mantiene una relación de extrema confianza con Axel Kicillof y, al mismo tiempo, conserva diálogo con Cristina Fernández de Kirchner. Aquella jugada parecía convertirse en un paso decisivo para su proyección provincial, pero terminó dando un paso al costado cuando La Cámpora decidió impulsar al propio Gobernador para fortalecer su construcción nacional.
Lejos de perder protagonismo, Alak salió fortalecido. Kicillof lo ubicó al frente del PJ de La Plata y desde allí comenzó a construir volumen político propio. Ya no era solamente el intendente de la capital bonaerense. Empezaba a transformarse en uno de los dirigentes con mayor capacidad de articulación dentro del peronismo.
Desde entonces la agenda política cambió. El intendente multiplicó reuniones con dirigentes de distintos espacios, comenzó a estrechar vínculos con intendentes bonaerenses y convirtió cada encuentro en una oportunidad para vender una idea: una La Plata moderna, productiva, universitaria y con vocación de liderazgo provincial. No fue casual que en cada visita entregara el libro institucional de la ciudad. Más que un obsequio, fue un mensaje político.
La historia también juega a su favor. Alak no solamente es el dirigente más importante que tuvo La Plata por la cantidad de elecciones ganadas, con muchos hitos importantes en sus gestiones. También fue el constructor político de una generación de dirigentes que luego llegaron a gobernar la ciudad, como Pablo Bruera y Julio Garro. Incluso este último, años antes del nacimiento del PRO, compartió espacio político con el actual intendente en La Plata Fútbol Club. Ningún otro dirigente bonaerense puede exhibir una historia semejante como la de Alak en la capital de la provincia.
Esa trayectoria explica por qué hoy aparece varios cuerpos por delante de otros nombres que suenan para disputar la Gobernación dentro del peronismo. Gabriel Katopodis y Jorge Ferraresi cuentan con una extensa experiencia de gestión, pero ninguno posee el peso político que significa haber gobernado durante décadas la capital bonaerense y convertirse en el dirigente más influyente de su historia. Sin mencionar, su trayecto como ministro y otros cargos de alto rango en los gobiernos de la Nación y la provincia de Buenos Aires.
Si llegara a la Gobernación, La Plata tendría por primera vez un intendente convertido en gobernador de la provincia de Buenos Aires. Y ese escenario empieza a tomar forma a partir de una construcción paciente, sin estridencias y con una estrategia que combina gestión, política y relaciones institucionales.
Las fotos con Emilio Monzó, Miguel Ángel Pichetto, Eduardo Duhalde y distintos intendentes fueron parte de ese recorrido. Esta semana sumó una imagen con Gustavo Menéndez, uno de los dirigentes de mayor peso dentro del peronismo y mucho más identificado con La Cámpora que con el kicillofismo. Hasta ahora, la mayoría de los intendentes con los que se mostraba pertenecían al armado político del Gobernador. Esa nueva fotografía amplió el mapa.
Pero quizás el movimiento más importante todavía no esté en la política doméstica.
Está en China.
Mientras gran parte de la dirigencia bonaerense continúa concentrada en discutir salarios, escuelas, hospitales, rutas, paritarias o patrulleros, Alak comenzó a construir una agenda internacional completamente distinta. En pocos meses La Plata avanzó en acuerdos vinculados con tecnología, ciudades inteligentes, seguridad, producción, logística, cooperación universitaria e inversiones con el gigante asiático.
No parecen reuniones aisladas. Todo indica que forman parte de una visión mucho más ambiciosa.
Alak entiende que la provincia de Buenos Aires ya no puede limitarse a administrar la escasez. La provincia más importante del país necesita producir más, incorporar tecnología, atraer inversiones y transformarse en un actor competitivo a escala internacional. Y para eso mira hacia donde pocos dirigentes argentinos miran: China.
La pregunta ya no es solamente si Julio Alak quiere ser gobernador.
La verdadera incógnita es otra.
¿Puede China apostar fuerte por la provincia de Buenos Aires como ya empieza a hacerlo en La Plata?
Una potencia mundial interesada en una provincia que históricamente convivió con problemas financieros, una agenda repetitiva y una dependencia permanente de los recursos nacionales podría cambiar por completo el escenario político y económico bonaerense.
Quizás por eso Alak no parece estar pensando en una provincia básica, dedicada exclusivamente a administrar conflictos. Todo indica que imagina una Buenos Aires capaz de competir con las grandes regiones productivas del mundo.
Si esa visión logra transformarse en realidad, la discusión ya no será quién administra mejor la Provincia.
Será quién se anima a cambiarla para siempre.