Axel Kicillof atraviesa quizás el momento más complejo desde que llegó a la Gobernación. Durante años, incluso entre sus detractores, hubo un reconocimiento silencioso: podía gustar más o menos su estilo, podía discutirse su relación con la política, pero la gestión funcionaba. Hoy ese capital empieza a ponerse en juego.
El problema ya no es solamente la interna peronista, La Cámpora, los intendentes, el Peronismo Debate o la arquitectura electoral de 2027. El verdadero desafío de Kicillof es mucho más urgente: resolver la economía de la Provincia de Buenos Aires antes de que la crisis financiera se transforme en una crisis política de mayor escala.
En el gobierno bonaerense repiten que Javier Milei le debe billones de pesos a la Provincia. Y no es solo una consigna. La pelea llegó a la Corte Suprema, con el ministro de Economía Pablo López y el asesor general de Gobierno, Santiago Pérez Teruel, siguiendo de cerca una disputa clave por fondos retenidos, entre ellos los vinculados a la ANSES. La Provincia sostiene que Nación cortó recursos que le corresponden y que ese ahogo impacta directamente sobre salarios, servicios, obra pública, prestaciones y funcionamiento cotidiano.
Pero la explicación, aunque tenga fundamentos, ya no alcanza. Porque mientras Kicillof denuncia que Milei asfixia a Buenos Aires, adentro de la Provincia crece una pregunta incómoda: ¿cuál es el plan concreto para surfear ese ahogo?
El síntoma más visible aparece en los estatales. Los gremios esperan aumentos, propuestas y señales. Este mes la Provincia no llevó una oferta salarial concreta y el clima empieza a tensarse. A eso se suma un dato que en la administración bonaerense se vivió con extrema preocupación: juntar la plata para el aguinaldo costó muchísimo. Se pagará, sí. Pero el esfuerzo dejó expuesto que la caja está al límite.
El otro frente es menos ruidoso, pero igual o más delicado: los proveedores del Estado provincial. Empresas que prestan servicios, contratan personal y sostienen tareas esenciales empiezan a cansarse de financiar al Estado. Cobran tarde, cobran mal y, cuando finalmente cobran, muchas veces ya perdieron plata. La consecuencia puede ser explosiva: no solo se resiente la prestación de servicios, también queda en riesgo el empleo de trabajadores externos que dependen de esos contratos.
Ahí aparece el punto político central. Kicillof fue ministro de Economía. Quiere ser Presidente. Y en un escenario de asfixia, tiene que demostrar que no solo sabe denunciar el problema, sino también resolverlo. La plata de la Provincia es de la Provincia. Si Milei la retiene, el Gobernador tiene la obligación de defenderla con todas las herramientas: judiciales, políticas, legislativas, financieras e internacionales.
La vía judicial ya está abierta. Pero no puede ser la única. En el peronismo bonaerense algunos empiezan a mirar alternativas: financiamiento externo, acuerdos de inversión, mecanismos extraordinarios e incluso viejas ideas como una moneda propia provincial, que Kicillof nunca descartó del todo cuando el ajuste nacional empezó a golpear a las provincias.
En La Plata, por ejemplo, Julio Alak viene moviéndose activamente en el plano internacional. Su acercamiento con China, presentado como una oportunidad productiva y comercial para la región, también puede leerse en clave de futuro: buscar lazos, inversiones y alternativas en un momento donde los municipios también sienten el ahogo. No hay nada explícito, pero en política los gestos también cuentan.
El problema de Kicillof es que el deterioro ya empieza a sentirse abajo. En los comentarios de las redes, en los reclamos por IOMA, en los sueldos que no alcanzan, en los proveedores que advierten que no pueden más y en los intendentes que, por lo bajo, están calientes porque sienten que la Provincia viene surfeando la crisis sin resolverla de fondo.
Paradójicamente, Kicillof todavía conserva algo muy valioso: militancia, volumen político y una expectativa social que excede al peronismo. Hay sectores que no votan al PJ pero lo miran como una de las pocas figuras capaces de enfrentar el rumbo de Milei. Pero esa confianza no es infinita. Se sostiene con hechos, no solo con discursos.
Por eso el Gobernador no puede seguir de acto en acto hablando de Milei sin mostrar una salida concreta. Milei es el adversario, pero también es la adversidad que Kicillof debe demostrar que puede manejar. Porque si hoy no logra ordenar la Provincia ante un Presidente que le retiene fondos, la pregunta cae sola: ¿cómo haría mañana, si llegara a la Casa Rosada, frente a una crisis todavía más grande?
No es momento de divisiones ni de rosca electoral. Tampoco de repetir únicamente que “Milei me debe”. Si la deuda existe, debe pelearla hasta el final. Pero al mismo tiempo debe construir una solución urgente. Porque Buenos Aires no puede quedar paralizada esperando que Nación afloje.
El desafío de Kicillof ya no es explicar quién tiene la culpa. Es demostrar que puede resolverlo.